Reflexiones sobre la pérdida: una última oportunidad no aprovechada

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Una advertencia ignorada

«No sabía que estaba dejando pasar la última oportunidad«. Esa frase resonó en mi mente cuando, un mes antes, mi amigo me había instado a visitarlo rápidamente. Su llamado fue un recordatorio de su grave batalla contra el cáncer, enfermedad que lo estaba consumiendo. A pesar de su estado de salud, aún lograba imaginarlo en Mar del Plata, esperándome con un abrazo. Aunque conocía la gravedad de su condición, me negaba a creer que pudiera fallecer antes de mis planes de viaje.

Postergaciones y arrepentimientos

Una serie de compromisos laborales y personales me llevaron a postergar la visita una y otra vez. Cada dilación parecía trivial ante las urgencias del día a día. Sin embargo, el resultado fue devastador. Un mes después de aquella conversación, mientras me dirigía al Aeroparque para tomar el vuelo, recibí una llamada de Fernando, su hijo. Mi corazón se hundió al escuchar su voz: «Hola, Miguel. Papá acaba de irse…». Enmudecí, expresé mi pesar y le prometí que nos veríamos en el velorio antes de colgar.

Un desenlace doloroso

Mientras el avión se preparaba para despegar, una azafata me pidió que apagara el teléfono. Aunque obedecí, seguía mirando la pantalla oscura, reflexionando cómo había pasado de planear un reencuentro a estar en camino hacia su velorio. Aterrizé en Mar del Plata con solo dos horas antes de la ceremonia. Decidí caminar por la playa, donde el mar se mostraba inmenso y hermoso, ajeno a mi dolor. La realidad de su muerte a los 54 años me llenó de rabia; recordaba lo bueno y alegre que había sido.

Recordando lo que se pierde

Busqué una canción que me ayudara a procesar mis emociones. Tras varias escuchas, una en particular me atravesó y me hizo llorar mientras caminaba. Recordaba las experiencias compartidas y lo extraño que sería que, a partir de ese momento, cualquier encuentro con él tendría que suceder en mi memoria.

En la sala velatoria, abrazé a su mujer y a sus hijos antes de acercarme al féretro. La enfermedad había transformado su rostro y me quedé mirándolo, buscando algún rasgo familiar que me devolviera la esencia de mi amigo. Mientras apoyaba mis manos en el borde del cajón, las lágrimas volvieron a caer.

Una claridad dolorosa

Allí, frente a su ausencia, se hicieron presentes otras pérdidas: mi infancia, mi adolescencia, momentos que ya no podía recuperar. También pensé en mi matrimonio, que había terminado. Todo esto me llevó a la dolorosa realización de que, al igual que él, yo tampoco tendría siempre otra oportunidad. ¿Cuántas cosas estaba dejando para después, convencido de que el tiempo siempre estaría de mi lado?

Reflexiones tras la pérdida

No salí del velorio como una persona diferente, regresé a mis obligaciones cotidianas y a mis compromisos. Sin embargo, a menudo aún me descubro postergando encuentros valiosos. A veces, por cansancio; otras, por la creencia de que el próximo semana podría ser más calmada. Recuerdo su petición, y me duele pensar que la había tomado a la ligera, como una broma. Él quería que fuera; yo había prometido ir. Aunque hablábamos del mismo viaje, quizás él comprendía mejor que yo la brevedad del tiempo que nos quedaba.

Hoy desearía poder regresar a aquella conversación y cambiar mi respuesta, expresar la fecha de mi llegada, comprar el pasaje y dejar algunas cosas sin resolver. Pero eso ya no es posible. Lo más doloroso es saber que ese abrazo no dependía de un milagro, sino de que realmente yo fuera.

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