De vecinos ejemplares a espías rusos: el escándalo que sorprendió a Estados Unidos
Un cumpleaños interrumpido de manera abrupta
El 27 de junio de 2010, la familia Hetfield-Foley celebraba el 20 cumpleaños de su hijo mayor, Tim, en un aclamado restaurante de Cambridge. Disfrutaban de un almuerzo festivo, brindando con champagne y riendo juntos. Sin embargo, su celebración se tornó caótica cuando, de repente, fuertes golpes resonaron en la puerta, seguidos de gritos ininteligibles. Alex, el hijo menor de 16 años, inicialmente pensó que eran amigos de su hermano que estaban haciendo un ruido típico de celebración. Pero la puerta fue destrozada de una patada, y en un instante, la confusión reinó en su hogar.
Casi veinte agentes del FBI, uniformados y armados, irrumpieron en su casa. Alex, en estado de shock, pronto se dio cuenta de que el FBI había tomado su hogar por asalto. Uno de los agentes le pidió que se sentara y que no se moviera, a lo que él obedeció, aparentemente perplejo más que asustado. Mientras miraba a su hermano mayor, notó que su madre, Ann Foley, estaba tirada en el piso, esposada y siendo objeto de órdenes, mientras intentaba tranquilizarlos: “Tranquilos chicos, vamos a estar bien”. Su padre, Donald Heathfield, fue encontrado en la cocina en la misma situación, esposado en el piso.
La revelación de identidades ocultas
Lo que Alex y su hermano no sabían en ese momento era que sus padres, en realidad, eran Elena Stanislavovna Vavilova y Andrey Bezrukov, espías rusos que habían estado infiltrados en Estados Unidos por más de 20 años, haciéndose pasar por canadienses. La noticia de su detención causó un gran revuelo en el país, revelando una red de espionaje que había logrado integrarse perfectamente a la vida estadounidense.
Elena y Andrey se conocieron en 1982 en la Universidad Estatal de Tomsk, Siberia. Un día, un agente de la KGB los abordó y los reclutó para trabajar como espías encubiertos. Tras recibir años de entrenamiento, la pareja emigró a Canadá, asumiendo identidades de personas fallecidas poco después de nacer. Se mudaron a Boston, donde Andrey trabajó como profesor en Harvard y Ann se convirtió en una madre ejemplar, aunque de noche realizaba labores de espionaje para el gobierno ruso, encriptando y decodificando mensajes.
La caída de la red de espionaje
Con el tiempo, el SVR (Servicio de Inteligencia Exterior ruso) volvió a contactar a la pareja, reactivando su estatus como espías. Mientras tanto, el FBI había luchado por dar con ellos durante años. La situación cambió cuando un informante, Aleksandr Poteyev, proporcionó información sobre la red de rusos infiltrados. La investigación fue exhaustiva; se colocaron micrófonos y se interceptaron llamadas mientras los agentes vigilaban de cerca todos sus movimientos.
Finalmente, en junio de 2010, el FBI llevó a cabo operativos coordinados que resultaron en la detención de varios espías rusos simultáneamente. Los hijos de la pareja descubrieron la verdadera identidad de sus padres y, tras un intercambio de prisioneros, Elena y Andrey fueron enviados de regreso a Rusia, donde fueron recibidos como héroes, ocupando altos cargos en empresas estatales. Sus hijos, por su parte, lograron recuperar su ciudadanía canadiense tras argumentar que no eran responsables de las acciones de sus padres.
La historia de esta familia se convirtió en una fascinante narrativa de espionaje que inspiraría obras de ficción, como la popular serie “The Americans”. Además, la vida de Poteyev, el informante, estuvo marcada por peligro, ya que Putin puso precio a su cabeza, mientras él vivía bajo constante protección en Estados Unidos.
