El costo oculto de la deshonestidad: ¿Por qué mentir afecta nuestro cerebro?
Las pequeñas mentiras tienen grandes consecuencias
Todo comenzó con una mentira aparentemente trivial durante una cena entre amigos. Al hablar sobre un libro, Manuel, quien en realidad no lo había leído, optó por pretender que había disfrutado de los personajes que, según él, resultaron interesantes. Su afirmación, lejos de ser cuestionada, hizo que sus amigos lo incluyeran más en la conversación, lo que le otorgó una sensación de aceptación y respeto.
Un mes más tarde, en un almuerzo con compañeros de trabajo, volvió a crear una fantasía alrededor de una serie popular que no había visto. Posteriormente, se lanzó a mentir sobre una visita que nunca ocurrió en un bar y, casi de forma automática, empezó a inventar anécdotas de su adolescencia. Estas mentiras insignificantes parecieron mejorar sus interacciones sociales y, pronto, empezó a hablar de experiencias que nunca vivió, construyendo recuerdos a partir de su propia imaginación. Lo que empezó como un recurso para aligerar conversaciones se transformó en un hábito sistemático.
El impacto de mentir en el cerebro
Contrario a lo que se suele pensar, la mentira no es un rasgo biológico o una característica de personalidad inherente, sino un comportamiento que se aprende y se refuerza en determinados contextos. Según un estudio realizado por la University College London en 2016, las pequeñas mentiras pueden desensibilizar a nuestro cerebro respecto a las emociones negativas asociadas, alentando a mentir más y de manera más audaz. Tali Sharot, psicóloga de la UCL, explica: “Cuando mentimos con fines egoístas, nuestra amígdala produce una sensación negativa que limita nuestras ganas de engañar, pero a medida que seguimos haciéndolo, esta respuesta disminuye, lo que puede llevar a una espiral de deshonestidad.”
Carga cognitiva y emocional de la mentira
A medida que se miente, se activa una red de áreas cerebrales. Según Alejandro Andersson, director del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), esto incluye:
- Corteza prefrontal lateral
- Corteza cingulada anterior para detectar conflictos entre el pensamiento y el habla.
- Ínsula anterior, que se relaciona con la percepción interna.
- Corteza parietal inferior, que se asocia con procesos de representación mental.
para el control cognitivo.
La psicóloga Macarena Gavric Berrios destaca que sostener una mentira exige una carga cognitiva significativa, ya que la persona debe suprimir la verdad y monitorear su propia narrativa. Este esfuerzo provoca una mayor activación del eje del estrés, manifestándose en síntomas como fatiga mental e irritabilidad. La discrepancia entre pensamientos y acciones crea una brecha que impacta negativamente en el bienestar psicológico.
Consecuencias emocionales en las relaciones
Según el psicólogo Klaus Boueke, el gasto emocional detrás de una mentira puede ser alto, ya que la falta de autenticidad genera un cambio en la percepción que uno tiene de sí mismo y de los demás. La mentira, argumenta, interfiere con los sistemas de confianza y apego, componentes esenciales para las relaciones humanas. Aunque no se descubra, la desconfianza que genera puede impulsar la ansiedad y síntomas depresivos. Boueke sugiere que la mentira perjudica los vínculos humanos al dificultar la comunicación genuina.
La mentira como mecanismo de defensa
Los expertos coinciden en que, antes de ser un error ético, mentir es a menudo una respuesta aprendida. Esto puede incluir motivos como protegerse de críticas, preservar la imagen personal, o evitar conflictos. Gavric Berrios identifica varias razones frecuentemente asociadas a la mentira:
- Evitar consecuencias negativas.
- Preservar la autoestima.
- Obtener atención o beneficios.
- Encajar socialmente.
A pesar de la naturaleza aparentemente inofensiva de una pequeña mentira, los expertos advierten que incluso las verdades no reveladas pueden interferir en las relaciones y provocar un desgaste emocional significativo.
Rompiendo el ciclo de la mentira
Como dijo Fiódor Dostoyevski, quien se engaña a sí mismo pierde el respeto propio. Cuando la mentira se convierte en un modo de vida, el daño se manifiesta en la identidad del individuo. Para salir de este ciclo, es crucial reconocer que la mentira, aunque haya servido como mecanismo adaptativo en el pasado, puede causar más malestar que alivio en el presente. Según Gavric Berrios, el proceso debe incluir el entrenamiento del sistema nervioso para tolerar la incomodidad de la verdad, permitiendo que esta acción se vea como menos amenazante.
Por último, Boueke sugiere formularse preguntas clave que revelen las motivaciones detrás de la mentira, como: ¿Qué gano con esta mentira? y ¿Qué pierdo? La comprensión de estas respuestas puede ser vital para decidir qué es lo más valioso. Fomentar un ambiente seguro y comprensivo es fundamental para que quienes tienden a mentir puedan explorar la verdad sin sentirse amenazados.
A pesar de que la mentira no siempre provoca conflictos evidentes, el hábito de mentir afecta profundamente la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás. El cambio hacia una vida más auténtica podría requerir aceptar la incomodidad de ser auténtico, recuperando así la integridad y la conexión genuina con los otros.
