La mujer que redescubrió su pasión y se convirtió en referente del fileteado porteño
Un taller lleno de vida y creatividad
En un rincón de la ciudad, rodeado por casas bajas y árboles centenarios, se encuentra un taller con un vibrante portón verde lima. Este espacio está lleno de vida: tarros con agua decolorada, pinceles esparcidos en mesas, mates y termos fileteados, y carteles artísticamente decorados adornan las paredes de un color rojo fuego. En medio de este ambiente creativo, surge la figura de Silvia Dotta, quien, con una sonrisa amplia y un overol manchado de pintura, es una reconocida impulsora del fileteado porteño.
Un camino hacia la pasión
A pesar de su éxito actual, la vida de Silvia ha estado marcada por muchos cambios. A la edad de 40 años, sintió un vacío en su vida. Formando una familia y con un trabajo estable en Villa Martelli, se dio cuenta de que no estaba satisfecha con su carrera. «Me di cuenta de que si quería ser actriz tenía todo para hacerlo, pero no tenía esa pulsión. Ahí decidí enfocarme en mi realización personal», reveló en una reciente entrevista.
El destino le tenía reservado un camino inesperado con el fileteado porteño, un arte que brinda color y personalidad a colectivos, carteles y puertas de negocios en Buenos Aires. Silvia también ha tenido conexiones con diversas disciplinas; tras estudiar diseño gráfico y teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático, fue profesora de actuación durante 16 años.
Descubrimiento del fileteado porteño
Todo cambió de forma inesperada cuando conoció a Freddy y Susana de León, sus nuevos vecinos. En una visita a su hogar, Susana vio un objeto fileteado que había sido un regalo de cumpleaños y, para sorpresa de Silvia, le contó que ella misma lo había decorado. Este detalle despertó la curiosidad de Silvia, quien rápidamente pidió a Susana que le enseñara el arte del fileteado.
Un viaje de aprendizaje
El inicio del viaje no fue sencillo. “Arranqué a los 40, sabía que era un camino largo, como aprender a tocar un instrumento. Pero desde el primer día entendí que quería zambullirme en ese universo y darlo todo”, confesó. Así, Silvia comenzó a filetear muebles y objetos antiguos, integrándose en la historia de la comunidad de fileteadores en un momento en que las redes sociales comenzaban a dar visibilidad a esta técnica.
Raíces europeas y un legado cultural
El aprendizaje también le permitió reconectar con sus raíces familiares, dado que su bisabuelo, Angelo Dotta, fue letrista en Italia. Este lazo no solo profundizó su conexión con el arte, sino que también la llevó a comprender el origen del filete porteño, resultado de la inmigración italiana en Argentina. «Aprendí a filetear en un momento bisagra, cuando se empezaba a gestar la conciencia del valor patrimonial del filete y la necesidad de preservarlo», explicó.
Construyendo una comunidad
Silvia fue parte del primer encuentro de fileteadores en 2012 y se convirtió en socia fundadora de la Asociación de Fileteadores, donde cada 14 de septiembre se celebra el Día del Fileteador. «Formar parte de esta comunidad fue muy nutritivo, no solo aprendí una técnica, sino que sentí que pertenecía a algo que me transcendía», expresó con emoción.
Una invitación a la creación
Hoy, Silvia afirma que no puede imaginar su vida sin el filete. «Es parte de mi identidad y me llena de felicidad saber que, si la salud me acompaña, podré filetear hasta el final de mis días», dijo emocionada, alentando a otros a explorar el filete porteño: «Invito a todos a aprender más y a observar con otros ojos lo que nos rodea».
Rompiendo mitos de la reinvención
La historia de Silvia desafía la creencia de que es demasiado tarde para cambiar de rumbo a partir de los 40. Comenzó a aprender el arte del fileteado sin formación previa y, en la última década, no solo dominó la técnica, sino que también estableció una carrera exitosa. «La edad no existe. No se necesita experiencia previa ni un camino lineal, solo deseo, tiempo y trabajo. Lo demás llega», concluyó, reafirmando que nunca es tarde para elegir un nuevo camino.
Entrevista: Constanza Macieri
