Limitación del uso del celular en el Colegio Divisadero de Pinamar
El cambio en el aula y los recreos
En el Colegio Divisadero de Pinamar, la escena era habitual: alumnos sentados en grupos, próximos unos a otros, pero inmersos en la luz de sus pantallas, sin intercambiar palabras. Esta situación despertó la preocupación de la dirección del colegio, especialmente en un entorno donde el uso del celular había escalado desde ser una herramienta ocasional hasta convertirse en algo omnipresente tras la pandemia de 2021. Pamela Arigoni, directora de la secundaria y copropietaria del establecimiento, comenta: “Era nuestro aliado”. Sin embargo, un año después, los docentes comenzaron a observar un aumento en las distracciones y una alarmante dificultad de los estudiantes para mantener la atención.
Medidas implementadas ante la preocupación
“Lo que más nos preocupaba era el nivel de distracción, ya que estudios mostraban que incluso una simple notificación podía interrumpir la concentración por un tiempo considerable”, explica Arigoni. En 2023, el colegio intentó regular el uso de celulares, promoviendo el autocontrol entre los adolescentes, pero no tuvo éxito. Ante esta situación, se decidió limitar casi por completo su utilización antes del inicio del ciclo lectivo 2024. Desde entonces, los alumnos deben guardar sus teléfonos en cajitas o en armarios cerrados una vez que entran a la escuela, y solo pueden usarlos durante el segundo recreo y el almuerzo.
Con el regreso del uso de módulos de papel y resaltadores, Arigoni admite que al principio hubo resistencia, especialmente por parte de los más grandes, provocando ansiedad e intentos de eludir las reglas. Sin embargo, poco a poco, comenzaron a notarse cambios positivos: más interacciones entre los alumnos, conversaciones e incluso un interés por no usar el teléfono durante los recreos. “Lo más notable es el vínculo social que se ha recuperado; la ausencia del celular obliga a los chicos a relacionarse”, señala Arigoni.
Reacciones y adaptaciones a las nuevas reglas
Al ser consultada sobre las reacciones de los jóvenes ante esta nueva normativa, Arigoni comenta que, aunque inicialmente hubo reticencias, la mayoría se fue adaptando. Un caso particular fue el de una chica que al principio pidió que no guardaran su teléfono. “Detrás de cada decisión pedagógica hay consideraciones sobre la gestión de conflictos. Al final, les explicamos que separarse un poco del celular les haría bien”, relata.
Sin embargo, no todos aceptaban las limitaciones sin oposición. En algunos casos, como es el caso de los estudiantes del último año de secundaria, comenzaron a aparecer teléfonos «rotos». Cuando se monitoreó esta situación, se implementaron medidas para restringir el uso de teléfonos si se incumplían las reglas, lo que llevó a que muchos estudiantes se dirigieran a la preceptoría para dejar sus dispositivos al ingreso.
Resultados de la eliminación del celular en el aula
Con el tiempo, los estudiantes mostraron una notable adaptación: el ruido y las interacciones en los recreos aumentaron, y muchos incluso eligen no usar sus teléfonos en el segundo recreo. Las diferencias entre ambos recreos eran evidentes, con un primero lleno de conversación y risas y un segundo más silencioso.
A nivel académico, el uso exclusivo de papel y subrayadores ha facilitado la concentración de los estudiantes y su involucramiento en el aprendizaje. Aunque algunos docentes continúan utilizando plataformas digitales como Classroom o Teams como apoyo, el enfoque ha vuelto a centrarse en el contenido físico y tangible.
Reflexiones sobre la experiencia educativa
Al reflexionar sobre lo que esta decisión ha traído a la comunidad educativa, Arigoni destaca el valor de las interacciones humanas. El aula, sin teléfonos, se ha convertido en un espacio donde los alumnos se sienten escuchados y pueden dialogar activa y constructivamente. “El colegio sigue siendo un lugar de encuentro y de relación, donde podemos contrarrestar la tendencia actual de una vida digitalizada”, concluye.
