Recuerdos de los Veranos Con Maradona en Playa Marisol
Un Maradona Humano en Playa Marisol
El legendario Diego Maradona, en medio de su tumultuosa carrera, encontró un refugio en Marisol, una tranquila playa del sur de Buenos Aires. En el verano de 1992, el astro mundial, marcado por una suspensión por doping en Italia, se sumergió en esas aguas, lejos de los flashes de Punta del Este y Pinamar. Era un Maradona en búsqueda de redención, un ser humano antes que un ídolo.
Un Recuerdo Vivo
Ana Lía, quien en aquel entonces cumplió 19 años, recuerda con cariño esos días junto a él. Maradona, vestido con una sunga verde flúo, hablaba con sensibilidad sobre la vida y su deseo de regresar a su familia. En un emotivo evento en Tres Arroyos, se le vio emocionarse hasta las lágrimas al recibir un cuchillo con su nombre tras participar en un partido benéfico para niños discapacitados. “Acá no hay intereses, hay gente que trabaja para los chicos que no pueden caminar”, fueron sus palabras, llenas de empatía.
Una Amistad Particular
La conexión entre Diego y los Bahía, una familia del lugar, creció rápidamente. Al llegar a Marisol, Diego disfrutaba de la tranquilidad y la calidez de la gente. Ana Lía recuerda: «Él entraba a mi casa sin golpear, pedía alitas de pollo a mi abuela y se las robaba del horno», lo que provoca risa y nostalgia en su relato. El ambiente de Marisol, que tenía apenas 2000 habitantes en aquel entonces, se convirtió en su hogar temporal, un lugar donde pudo ser uno más.
Las Aventura Cotidianas con Maradona
Martín, hermano de Ana Lía, se convirtió en un amigo cercano del ícono, quien le apodó Gordillo y lo llevaba a todas partes. “Íbamos a pescar, a cazar y a bailar; él siempre estaba dispuesto a disfrutar,” dice Martín, recordando el día en que Maradona le cedió un tiro libre en un partido, aunque bromea que jamás lo pateó. Diego hacía que cada momento fuera especial, compartiendo risas y buenos momentos, desde bailar en la playa hasta organizar asados y cenas en casa.
Recuerdos Inefables y Reflexiones
Por su parte, Ana Lía recuerda las mañanas soleadas en las que Maradona se afeitaba al aire libre, replicando lo que hacía su padre en Fiorito. A pesar de ser una figura altamente mediática y aclamada, Diego disfrutaba en Marisol su anonimato y la amistad sincera con la gente del pueblo. “Siempre fue el ídolo de todos, pero aquí era uno más”, dice Martín, recordando la última vez que vio a Maradona en 1998. Después del verano del 94, nunca más abrazó a Maradona, pero cada verano trae su recuerdo, y en la brisa del mar se siente su espíritu presente.
