La Inteligencia Artificial en la educación: un potencial que debe ser contextualizado

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La presencia de la IA en las aulas

La inteligencia artificial ha encontrado su lugar en el ámbito educativo, generando un nuevo debate: no se trata de si debe estar presente, sino de la función que se le asigna dentro de los procesos de aprendizaje. Según una definición comúnmente aceptada, la inteligencia artificial es el estudio y diseño de agentes que son capaces de percepciones ambientales y de actuar de manera racional para lograr objetivos específicos, lo que implica sistemas que pueden procesar grandes volúmenes de datos, identificar patrones y generar respuestas basadas en criterios definidos.

Una herramienta poderosa, pero no un sujeto

Al analizar la educación desde el modelo tradicional que considera al educador, al alumno y al contenido, se puede ver a la inteligencia artificial como una herramienta cultural de gran rendimiento. Esta tecnología puede facilitar el acceso a la información, mejorar la búsqueda de conocimientos, organizar datos y asistir en la creación de recursos educativos.

No obstante, un instrumento deja de serlo cuando intenta reemplazar al sujeto en el proceso educativo. El verdadero reto no reside en prohibir la IA en las aulas, sino en integrar su uso de manera que se mantenga vivo el deseo por aprender.

Más que tecnología, un cambio cultural

El problema fundamental no es tecnológico, sino que refleja un cambio cultural. Existe el riesgo de que instituciones educativas dejen de cuestionar qué es realmente valioso conocer y pasen a enfocarse únicamente en lo que resulta útil. En este sentido, el conocimiento se transforma de una experiencia compleja en un producto de consumo rápido y eficiente.

La incapacidad de la IA para sentir

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha argumentado que, a pesar de su capacidad para manejar grandes datasets, la inteligencia artificial carece de la esencia que genera el pensamiento real: la afección. En uno de sus pensamientos más conocidos, señala que la IA no puede pensar porque no puede sentir, ya que carece de lo que se puede denominar «piel de gallina». Esto pone de manifiesto que el proceso de pensar no se basa solo en la información, sino en la capacidad de asombro, angustia, entusiasmo y demás emociones que configuran nuestra interacción con el mundo.

Un desafío educativo

Cualquiera sea la tecnología, la advertencia del psicoanálisis nos recuerda que el conocimiento es siempre incompleto. Siempre hay un vacío que nunca se puede llenar y que nos define por lo que no sabemos. La IA, en contraposición, se presenta como un saber ordenado y compacto, lo que reduce el espacio para el deseo de aprender.

La inclusión de la inteligencia artificial en el aula no debe deshumanizarla; por el contrario, debe ser contextualizada y utilizada dentro de una planificación pedagógica adecuada. La IA puede ser una herramienta para fomentar la formulación de preguntas, el debate y la reflexión crítica. Si la IA tiende a ofrecer respuestas cerradas, el propósito educativo debe ser abrir nuevos interrogantes.

Riesgos de un uso descontextualizado

Los peligros no radican solamente en el uso de la inteligencia artificial, sino en cómo se utiliza sin contexto ni conexión con el aprendizaje compartido. La falta de preguntas, inquietudes y diálogo en grupo puede llevar a que el conocimiento se transforme en un producto comercializado, evaluado solo por su utilidad inmediata.

La escuela no es solo un lugar para la transmisión de conocimientos; es también un espacio de inclusión para las infancias y adolescencias. Para cumplir con esta función, es vital sostener diferencias, donde los educadores, directores y familias deben mantener su posición asimétrica como responsables de la educación cultural.

Un nuevo enfoque frente a la IA

El verdadero reto no está en competir o prohibir la inteligencia artificial, sino en posicionarnos de manera distinta respecto a ella. Esto implica dialogar con la tecnología, incorporando textos, experiencias y conocimientos variados, y confrontando sus respuestas con marcos teóricos diversos, todo en el contexto de cada comunidad y su historia.

Lo fundamental no es lo que la tecnología puede hacer, sino el espacio que reservamos para lo que ninguna máquina puede realizar por nosotros: el cuestionamiento, el deseo, el error, la narración, la creación y la construcción conjunta de una experiencia compartida del mundo.

(*) El Lic. Jorge Prado es Psicólogo (M.N. 55.582) – Universidad de Buenos Aires (UBA). Profesor en Psicología (UBA), especialista en Clínica de Niños y Adolescentes. Docente en Salud Pública y Salud Mental en la UBA y miembro de la AASM (Asociación Argentina de Salud Mental). Se dedica a la Psicología Comunitaria y Pedagogía Social en La Matanza.

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